ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE J. SANCHEZ

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Una Obra que cambiara tu forma de ver e interpretar la realidad 

5.2 Las amenazas del porvenir

Tal y como se ha venido reiterando en páginas anteriores, una vez que el Capital ha conseguido liberarse de su anterior dependencia de la fuerza laboral —como consecuencia del progreso tecnológico, la mundialización de la economía y la financiarización de esta a modo de alternativa a la propia economía real—, el pacto social que le obligaba a compartir, aunque fuera relativamente, la riqueza obtenida a través del desarrollo económico en aras de una necesaria paz y estabilidad en la sociedad ha quedado abolido. Como resultado, nos hemos adentrado en una nueva etapa del capitalismo que algunos pensadores denominan el capitalismo líquido, por su permeabilidad y penetrabilidad absoluta en todos los planos de la realidad. La constatación resulta inobjetable.

5.2 Las amenazas del porvenir

Tal y como se ha venido reiterando en páginas anteriores, una vez que el Capital ha conseguido liberarse de su anterior dependencia de la fuerza laboral —como consecuencia del progreso tecnológico, la mundialización de la economía y la financiarización de esta a modo de alternativa a la propia economía real—, el pacto social que le obligaba a compartir, aunque fuera relativamente, la riqueza obtenida a través del desarrollo económico en aras de una necesaria paz y estabilidad en la sociedad ha quedado abolido. Como resultado, nos hemos adentrado en una nueva etapa del capitalismo que algunos pensadores denominan el capitalismo líquido, por su permeabilidad y penetrabilidad absoluta en todos los planos de la realidad. La constatación resulta inobjetable.

La sociedad de la información y de la economía financiera ya no necesitan de una mano de obra adaptada a las tareas, ya caducas, de la época industrial —y con el creciente desarrollo de la alta robótica, aún menos—, salvo con carácter subordinado y entendida como mero factor de la producción —como puede ser una herramienta o un ordenador portátil— que le aporta un valor añadido relativo. Por tanto, la demanda de trabajo excede ostensiblemente la oferta disponible en la mayoría de países desarrollados,(salvo que se supieran desarrollar nuevas fuentes de desarrollo y productividad), con lo que su precio —su valor/hora— tiende y seguirá tendiendo a la baja y a su consiguiente desplazamiento, como ya viene aconteciendo, hacia los lugares donde “el coste de los individuos” sea inferior —tal y como nos explica el fenómeno de la deslocalización de fábricas e industrias hacia los países en vías de desarrollo—.

Simultáneamente, la feroz acumulación de beneficios y riquezas que está obteniendo un Capital básicamente especulativo     —con rendimientos anuales medios en torno al 7 u 8% anual—, reunido en torno a menos manos, provoca que la participación de las rentas del capital en el Producto Nacional Bruto de los países continúe aumentando en detrimento de unas rentas del trabajo, en retirada, haciendo que los niveles de desigualdad entre grupos sociales se amplíen día tras día.

De tales constataciones se puede inferir sin dificultad que nos adentramos vertiginosamente en un mundo desarrollado caracterizado por:

  • La falta de trabajo para un gran número de la población, y especialmente de trabajo de calidad.
  • Un trabajo precario, con condiciones y derechos laborables a la baja; del que solo se salvará la mano de obra que aporte un alto valor añadido, porque responda a las exigencias de la sociedad del conocimiento.
  • Un Capital, de rango colosal, que circula con absoluta libertad por el planeta, dueño de todos los resortes vinculados a la generación de riqueza.

A raíz de ello, el neoliberalismo nos aboca hacia una sociedad que tenderá gradualmente a “quebrarse” en diferentes colectivos, muy desiguales en la cantidad de sus componentes:

Estaríamos hablando, en definitiva, de una sociedad compuesta por:

  • Ricos; poseedores o generadores de capital;
  • altos profesionales y emprendedores, con muy elevado potencial, participes de la sociedad del Conocimiento y la tecnología digital;
  • personas que se han quedado atrás en la evolución del planeta y que devienen una rémora para el modelo de productividad globalizada: mano de obra asalariada con insuficiente cualificación, emprendedores y empresarios con modelos de negocio no adaptados a la evolución, precarios y personas con ingresos limitados, de mayor o menor intensidad; y
  • excluidos; excedentes innecesarios para el proceso productivo, y, en consecuencia, suprimibles.

¿Qué va a ser de las personas que solo están capacitadas para oficios tradicionales del pasado?

Teniendo en cuenta el deficiente estado de la educación y la investigación en España y el tremendo déficit que todavía experimenta —fruto, sobre todo, del fracaso que han supuesto las leyes educativas que cada gobierno de turno ha ido estableciendo, sin que jamás se haya llegado a fijar una auténtica política de Estado, con mayúsculas, consensuada entre todos los agentes implicados en el problema—, podría considerarse como probable que ese nivel de mayor o menor precariedad social y económica llegue a alcanzar en un tiempo no lejano, según diferentes pronósticos, a casi un 40% de la población. Eso supondría unos 17/18 millones de ciudadanos atrapados en el callejón sin salida de su falta de riqueza para invertir y de una obsolescencia laboral sobrevenida, que ya no puede contrarrestarse con la acción eficiente de un Estado desmantelado por las elites financieras. ¿Se puede prevenir? Sin duda que sí, pero además se debería, si no queremos que la situación se agudice más aún para las siguientes generaciones.

Lo más preocupante de esta nueva sociedad de clases excluyentes, que se asemeja más al modelo imperante durante el Antiguo Régimen, anterior a la Revolución Francesa, que con el reciente de las clases medias burguesas, sería la tremenda imposibilidad para el ascenso social que conlleva. Unas barreras insuperables, inherentes al propio sistema social, que bloquearían toda salida, cualquier movilidad, para encontrar nuevas oportunidades de cambio con respecto a la clase en la que uno vino al mundo. La situación socioeconómica con la que cada cual nazca determinará el transcurso del resto de su vida hasta la muerte. El sueño de tener un porvenir mejor desaparece en la sociedad neoliberal, debido a la imposibilidad de acceder a los medios que pudieran facilitar la promoción social, es decir la capacidad para generar capital o la disposición de ese mucho más amplio saber, imprescindible para desenvolverse en el nuevo siglo.

Si no cambia la situación y subsiste el desequilibrio actual entre fuerzas políticas, el Estado del Bienestar, cuya soberanía y capacidad de acción resulta cada vez más limitada, tenderá inevitablemente a su reducción y degradación, a medida que los inversores y acreedores internacionales vayan exigiendo a las naciones mayores reducciones progresivas de sus partidas de gastos en aras de esa competitividad y consolidación fiscal, sin que en ningún momento consideren aceptable un incremento de la imposición fiscal en aras de la redistribución. Y mucho menos, todavía, si con ello se pretende facilitar el acceso de las capas populares al más amplio y completo “Saber”, que ya ha comenzado a constituirse en el Capital más productivo.

Si no existe redistribución —una redistribución no solo protectora, sino ante todo capacitadora e impulsora de oportunidades—, la idea del bien común habrá periclitado, por lo que cada cual permanecerá más o menos estancado, a modo de cárcel invisible, en la clase social donde su origen le haya determinado.

Imaginemos un trabajador situado, en tiempos actuales, en la clase media-media social, con una capacitación laboral estándar para el siglo anterior, que contempla cómo su retribución salarial va quedándose congelada año tras año y cuyas posibilidades de cambio laboral son cada vez más reducidas, ya que cualquier nuevo empleo acentuará la limitación de sus derechos, su precariedad e, incluso, puede que le suponga ingresos inferiores. ¿Qué panorama le ofrece el porvenir? Añadámosle a todo esto la hipótesis, más que probable, de que además los beneficios sociales que como ciudadano tenía garantizados se vean cada vez más reducidos…Volvería a formular la pregunta anterior: ¿Qué perspectivas le ofrece el porvenir a esta persona? ¿Cabe imaginar tal horizonte en términos de mejora, progreso y ascenso en la escala socioeconómico? ¿Se podrá permitir tener hijos? ¿Cuántos? ¿Y condenados a qué futuro? Sin duda, solo a proseguir y perpetuar la trayectoria social estancada de sus progenitores.

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